lunes, 7 de abril de 2014

Capitán América, el Soldado de Invierno. 136 mins. 2014


Frank Miller y Stan Lee son el Homero y Virgilio de estas épocas turbulentas, lo digo sin ningún empacho ni exageración. La industria del cine se ha alimentado de sus historias durante las últimas dos décadas, dejándonos fecundos universos plasmados en films que han entretenido como función primordial, pero que a la postre, han resultado estar a la altura de los momentos clásicos del género épico proponiendo reflexiones axiológicas sobre el mundo.
Los valores del Capitán América son más que evidentes: en la superficie, un patriotismo cursi, ingenuo, y un marcado antinazismo.  Nació para eso, para exaltar a la nación en las vísperas de una guerra cruenta. Pero también es la historia de un dios que nace de su debilidad. Un chico flaco del que todos tomaban ventaja, defendiendo siempre al débil del poder abusivo.
En ello me quiero centrar: el Capitán América es un personaje diseñado para contrariar los abusos de poder. Y si en la primera película de este renovado personaje, ese poder era el nazismo de Cráneo Rojo, la burocracia, la política sucia; en esta, la historia es muchísimo más compleja.
Y con compleja quiero decir oscura, inquietante, punzante, una pregunta que va surgiendo con la intriga de la trama. A medida que El Soldado de Invierno se desarrolla, las líneas entre el bien y el mal se van volviendo difusas. Los guionistas, Christopher Markus y Stephen McFeely han sabido darle una nueva vida a la historia, acercándola más a los trabajos de adaptación cinematográfica de Miller y las novelas gráficas de Allan Moore.
Ya no está el espectador frente a un personaje plano, sino la profundidad le alcanza. Por momentos esa profundidad es un pozo profundo de desesperación y soledad. La del veterano de guerra. Lo persiguen los muertos.
En otras, esa caída al vacío del personaje es la ruptura de sus lazos de fe. El personaje ve perderse su utopía y el mundo real le da como bienvenida la marginación. Aquí vuelve a surgir las características de la épica: ¿acaso no es un Ulises viajando a Ítaca, este Capitán América recobrando sus pedazos perdidos en la inmortalidad?
No va a volver. Pero cada hazaña le hace sentir más cerca. Aquí la tragedia. Porque el personaje si algo mantiene incólume es su inocencia y bondad. El mundo parece desmoronarse como terrones de arena ante un mar violento y el Capitán América resiste, emergiendo entre las aguas como un Dios antiguo.
Vuelve, para señalar a sus traidores. Vuelve, para hacer justicia. Vuelve, para llamar a las agencias de seguridad del gobierno estadounidense lo que son: unos nazis. Este es el golpe maestro de la película, este atrevimiento. 
Puede la gente exigir que sean más claros en este reclamo, pero olvidarían que detrás de esta sutileza, está el éxito del mensaje. No se trata de una protesta enfurecida, se trata de una reflexión axiológica: lo que está haciendo el poder, en este momento de la historia, atenta contra el bien que protege el héroe.
No esperé ver tanto en esta película. Mi sorpresa se duplica al pensar en los millones de espectadores que tiene y tendrá. Cada uno llevando el mensaje: una afrenta a los estados de control, una reivindicación al periodismo de datos y a los leaks, aunque sea tímidamente, pero está aquí, tocando las puertas de cada casa donde el film llegue. Nada más poderoso que una idea, postula Nolan. Aquí está el virus que los hará florecer.  


miércoles, 1 de enero de 2014

SERMÓN DADO A PHILLIP RASTELLI ANTES DE MORIR, Diego Maquieira, Los Sea Harrier. 1994



A la balada de Cable Hogue

A Sam Peckinpah



Predícame un sermón de muerte, Luchino

No me hagan un santo

Pero no me arrojen tan profundo



Estamos reunidos aquí

Ante la vista de Dios

Y de toda su gloria

Para que descanse Phillip Rastelli

Nuestra oración es por este hombre

Compáralo con los ángeles

Si lo invitas a un buen bautizo

Pero tú sabes Señor que aun así

Podría ser uno de ellos



Como todos

Phillip Rastelli vino al mundo

Nadie sabe cuándo ni dónde

El vino tropezando en Calabria

Como un profeta antiguo

Qué bien suena eso

Pero sería mucho peor

Si no acogieras con bondad

A Phillip Rastelli



Mataba demasiado

Era codicioso como pocos

Tal vez no respetó a nadie

Pero era impecable en eso

Ricos o pobres

Recibieron sus atentados



Cuando Phillip Rastelli murió

No hubo un restaurant en Calabria

Que él no cerrara

No hubo una estrella en el firmamento

Que él no financiara

No había un hombre

A quien él temiera



Ahora la sangre que él venció y amó

Lo ha cubierto finalmente

Ya se ha ido hacia el gran torrente

De los años

De las almas que pasan

Y jamás se detienen

En varias formas él fue uno de tus reflejos, Señor

Pero si piensas que no lo es

Debes recordar que Rastelli

Vivió y murió aquí en Calabria

Y estoy seguro de que el infierno

No es tan caliente para él



Jamás fue a la cárcel de Champ Dollon

No pudiendo hacerle eso

Todo Reggio Calabria fue su mamá



Levantó su cabrón Imperio

Pero fue bastante hombre

Para abandonarlo

Por el amor

Cuando llegó el momento



Señor, como el día va hacia la noche

Esta vida llegará al final para todos

Decimos adiós a nuestro amigo

Y como dice la familia

Encontró a Dios donde no lo había

Pero conociendo a Phillip

Te sugiero, Señor

Que no lo tomes a la ligera.

viernes, 12 de julio de 2013

William Goyen, El enfermero. Cuentos Completos. Fragmento.

"Las mentes viejas toman caminos retorcidos. Me disculpo. A fin de cuentas, la mente vieja sabe dar forma a las cosas. Dejen que avance, en su estilo lento y examinador, como un viejo que cruza los campos y llega, listo para hablar sobre las pequeñas cosas que vivió y vio. Los narradores jóvenes, llenos de pasión, de lengua inquieta, van demasiado rápido y avanzan con vehemencia excesiva. Se saltan, a menudo, hermosas, pequeñas señales de cosas que siempre están allí, a su paso, y que el viajero anciano en cambio, sabe mirar" 

miércoles, 3 de julio de 2013

mesa y rocola sobre fondo rojo. Los Demás, Eduardo Villalobos. Editorial Cultura.

las botellas se han ido acumulando entre las dos mujeres
como las marcas sobre un calendario
así también los pósters que anuncia aguardiante con culos imposibles                                                                  
los equipos de fútbol del año anterior o de la infancia
las manchas de humedad y de asfixia
                                     la mugre         la indolencia
aquí la cumbia reina
aquí el silencio es algo que va muriendo
ayayay chuchita flaca                 ay dolor ya me volviste a dar
desde el fondo           una voz gastada exige una ranchera
y arroja un papel al centro de los gritos
pero las mujeres están atrincheradas en el rincón propicio
y tiran putazos y mientan madres y escupen animales que brillan y se esfuman
una es casi vieja
                                    la otra es más vieja todavía
una baila                       la otra tiembla
¿qué río de abandonos les procuró esta furia?
¿qué océano de espinas?                             ¿qué esperma acuchillado?
pero ellas gritan       felices                          sobre el humo y el cansancio                                                                                                                                                                                                                                          
y cantan las historias más tristes que puedan bailarse
y se jalan los pelos y somatan la mesa
y piden otra mamaíta esta vez que sí esté fría
y hablan de los hijos de puta que las abandonaron con cinco muchachitos y una panza que estallaba 
y de cómo el camino las dejó dormidas 
antes siquiera de pedir prestado un farol para abrigarse 
pero ellas ríen 
y azotan sus cabellos teñidos hacia el foco de la pieza
y se sienten hermosas           plenas          rubicundas 
y cuando alguna quiere llorar la otra la sacude 
esta noche no mamaíta esta noche es fiesta 
y en realidad es fiesta 
porque lo que les espera afuera no tiene nombre 
                                                         es algo atroz 
y ellas lo saben" 

lunes, 24 de junio de 2013

Central America. Julio Serrano Echeverría. Magna Terra.



Magno discurso dado en ocasión de la presentación del libro Central America del bardo Julio Serrano, en Xelajú a los 16 días de marzo del 2013. 

Es una alegría presentar el libro de un hermano y más si es en casa, con la familia, llenos de cariño. Es un suceso feliz que este libro se presente en casa porque el libro se trata de perderla y de buscarla y aquí estamos reencontrándola.
En esta casa hermosa-ciudad perfecta, donde por las tardes puede mirar uno como las lomas se vayan llenando de árboles que surgen contra el sol. O las bandadas de azacuanes con sus pequeñas alas oscuras a decir que tras ellas la lluvia caerá para hacer germinar más bosque en las lomas, en los cerros y volcanes.
Hay que ver esa laguna donde el cielo se mira la cara en un cráter dormido bajo sus aguas.
Hay que oír lo bonito que es decir Chikabal por la mañana.
Pensar en todos los amigos de infancia y escucharlos tocar la puerta de casa para salir a jugar.
Los amores y sus dulces construcciones de luz.
Entonces hay que imaginar un día largo con un sol violento. Un sol violento llamado poder que se crece rojo en su incendio y  todo lo va secando.
Que todo se va volviendo arena, pequeños granos dorados que el viento se lleva en forma de nubes.
Que el abandono yace bajo el mismo sol que hace arder el polvo.
De cómo la casa se vuelve un iglú puesto en una carretera de Sonora y se nos esfuma.
De cómo existir en este sitio es una afrenta terrible que se paga con la vida.
De cómo los hijos nacen con el huerto lleno de hormigas.
De cómo vivir aquí es tener un rifle apuntándote a la nuca, todo el tiempo.
Y entonces estamos en casa hoy, y una horca nos espera en cada esquina.
Pero la vida no se rinde, no se dobla y se imagina distinta.
Un dinosaurio soñando que baila un vals.  
Una ballena queriendo sostener una flor con sus torpes aletas.
Y soñamos una vida mejor y queremos que sea y hacemos que lo sea
Aunque eso signifique volverme invisible al sol. Retirarme al mundo de las sombras. Tomar los caminos de los abuelos hasta las fuentes más cristalinas. Aunque nos toque tomar el agua sólo de noche para que nadie nos mire.
Y la poesía de Julio puede hacer un retrato de ese viaje.
Porque la poesía fotografía lo imposible.
Y somos ahora esos pequeños azacuanes volando hacia el norte en bandadas dispersas. Volando a campo traviesa, por las avenidas largas entre los autos, las pasarelas, los barrancos, lo que sea.
Dejamos atrás las piras en los campos, las casas ardiendo con las hamacas y los cántaros.
Dejamos la sangre regada junto a la leche.
Y nos vamos montando la bestia.
Allá va quedando Clara, que ahora echa tortillas en silla de ruedas pero cuando sueña, se sueña con piernas.
Allá va quedando Manuel, secuestrado por los zetas.
Y vienen las tormentas de arena y las fronteras alambradas, espigadas, y el continuo acecho del rifle.
Pero nosotros somos invisibles.
Como la mano que acaricia el agua para hacer las olas en la laguna.
Qué bonito es decir Chikabal una mañana mientras atravesás el desierto. Sentís el agua fresca mojarte los pies, humedecerte los labios.
Y el poeta te saca una foto mientras soñás un manantial en el desierto.
Y el poeta le saca una foto al a vida y a la vida que le antecedió a esa vida y a la vida que será después de esta.
Julio le saca una foto a la vida completa. Un film prodigioso proyectándose en una sábana de tu cama de niño.
Un sueño dulce, roto y triste. El de una patria con tres tiempos de comida.
Querer ser por un momento alguien y que los rifles se vuelvan palos de durazno echando flor.
Y que esas flores sean estos poemas.

Una carta larga para decirte, no te olvidamos hermanito. Vos siempre tenés una casa en mi pecho.  

jueves, 3 de enero de 2013

Charlie Brooks dice amar a su amiga y muere.

La Tirana, Diego Maquieira, extracto.

Cuando Charlie Brooks le dijo a su amiga Te amo, antes de morir.
Estaba nervioso como si esperara sentir algún cambio.
Charlie probó su última cena hasta que la aguja atravesó la pared.
Miró hacia arriba y bostezó.

Fue un bostezo largo, profundo. Luego comenzó a largar suspiros, quizá durante quince segundos.

Podría decir que al concluir de bostezar Brooks estaba muerto. 

Diego Maquieira acerca de Dios.

La Tirana, extracto.

Oh, qué feliz, alegre, chistoso viejo Director de Circo es Dios.
Te burlas de nosotros con tu sol que no nos calienta, nosotros temblamos de fiebre.
La amable luna que no podemos ver, nosotros, los ciegos.
El pasto verde que nuestras piemas no pueden tocar.
Con los días y las noches arrancándose detrás de nosotros, (oh, qué salvajes teatreros) mientras yacemos desamparados y con sangre en el ojo.
Yo hable de ti pero quién eres tú y quien te conoce:
Eres una promesa demasiado lejana y debemos estar muertos para poder verte.
Tú dices que eres la luz en medio de nuestras almas, pero yo se que en nuestras almas no hay más que una sucia oscuridad y el miedo a la muerte.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

El Elegido, Rafael Romero.


Alas de Barrilete, una editorial novísima ha decidido apostar como primera publicación por El Elegido, la novela de Rafael Romero. Es su primera impresión, luego de haber sido publicada en el formato ebook. Me parece afortunado que esté disponible  en papel para el lector guatemalteco. Especialmente porque la novela florece con las circunstancias locales, con su forma de contar las cosas. 
Bartolo, el personaje principal, un alcohólico y misterioso hombre, un habitante de los sitios que todos evitan, es de cierta manera, el producto de una forma de administrar la realidad en favor del poder. Es en sí, lo que todos somos dentro pero evitamos mirar. El personaje explota sin pudor su miseria, transitando por un viaje por las sombras más oscuras en la noche que vive el país. 
La novela se me apareció como una herida abierta y sangrante. Así logro explicar el lenguaje que utilizó Romero para contarla, una metralla de frases coloquiales, barrocas, que se van apostando al lado de la herida, como la costra o la materia amarillenta. Un organismo vivo narrativo. 
Sostener un texto de largo aliento con tan pocos adjetivos es un reto que cumple a cabalidad. El producto logrado es una historia como un espejo oscuro, en el que el lector puede llevarse por la superficialidad y encontrar sorna en la manera de describir o lanzarse en un salto al vacío con lo complejo de la narración. 
Puede que con ambas, se despierte con esa incredulidad y ese malestar que trae consigo la resaca. Está bien. El texto jamás pretende agradar sino enfrentar con su visceral construcción, como un animal herido que aulla en cada página. 

viernes, 21 de diciembre de 2012

Aquí todos los días es día de muertos




Recuerdo claramente esa mañana en la que caminaba por el centro de la ciudad, muy cerca de la sexta avenida, entonces todavía sin renovar, que más bien parecía un enorme laberinto donde solía internarme buscando una joya entre el caos: una película pirata, los gestos de los vendedores a penas tocados por la luz que se colaba entre los plásticos que servían de techos improvisados o la marejada de olores que salían de las cocinas en los restaurantes de comida barata.
Estaba cerca del viejo hotel Ritz, donde solía recibir clases de natación cuando era niño. La piscina era climatizada, lo cual era una novedad en aquellas épocas. Mi madre me llevaba los sábados a que aprendiera a sobrevivir en el agua. Aún recuerdo cuánto me costaba atravesarla. O cómo se miraba el fondo con la luz de las mañanas. El hotel está desde hace mucho tiempo en ruinas, abandonado a su suerte, con unos pocos locales comerciales ocupados y muchos cristales rotos. Es un lugar hermoso.
La hiedra devora el edificio. El moho. Entonces habían puesto maderos para que la gente no traspasara y tomara el sitio. Algún artista hizo un enorme grafiti, en el que escribió la leyenda “Aquí todos los días es día de muertos”. Los colores en el mural estaban vivos. Aquello parecía ser más bien una alegoría de nuestro sentido fúnebre.
El mío viene de la infancia. Crecí en una calle en cuyo final hay un cementerio privado, el primero de la ciudad. Jugué entre las tumbas como si se tratara de un parque, bajo los enormes árboles de eucalipto. Vi muchísimos entierros pasar entre nosotros, cuando jugábamos al fútbol por las tardes.
Para mí entonces la muerte era eso, una especie de paz indefinida; pero también era memoria, en las numerosas lápidas con fotografías siendo carcomidas por el ambiente, donde los tipos con corbata me miraban como diciendo siempre adiós en colores ocre o en la simplicidad del blanco y negro.
Tengo presente aquél monumento funerario del ciclista, en donde inmortalizaron la pasión del difunto colocando modelos a escala de un pelotón en competencia, un tour de France hasta el más allá.
Ahí que tenga cierta pena con lo que pasará con mi cadáver. Una pena bukowskiana. Cuando sea una cosa, un estropajo del que hay que liberarse, un algo inerte esperando a desintegrarse. No quiero parar tras una lápida con una frase cursi y una foto mía mirando para siempre un horizonte que ya no me resulta asequible.
En realidad el problema de la muerte no se reduce a la mía, ni si quiera lo considero como tal. Hace años que compré mi servicio funerario, al que desde ya están todos invitados para que no me hagan quedar mal con los sándwiches embadurnados con mayonesa y jamón. Pedí sopa también. Litros de café. El problema de la muerte, es la muerte de los otros.
Quizá se centre en la aprehensión. Cuánto dependemos del otro, de su existencia. Cuánto espacio llenan con sus vidas. Importa la muerte del cercano. Aunque todos deberíamos sentirnos así. Hay más cercanía entre un anciano cingalés y yo, que con mis compañeros de colegio, por ejemplo.
Digamos que nos importa más la muerte cuando tiene rostro.
La muerte entonces más que la partida, es la transformación del cuerpo. Es la ausencia. Eso es lo que se teme. Al abandono de la vida sobre las cosas, como los olores en los guardarropas de los esposos muertos, los vestidos de las mujeres en bolsas plásticas, el cuarto de los hijos que han muerto. Eso es lo que se teme.
Se teme la fragilidad de la vida, o más bien, de la movilidad de las circunstancias. Porque nada hay más vivo que un cuerpo transformándose.  Se teme porque se desconoce todo acerca de la muerte. Y se le piensa como una contraposición a la vida, cuando al final no son más que lo mismo con distinta máscara.
Quizá vivir sólo sea una larga carrera para dar un salto al vacío. Quizá sólo seamos cuerpos cayendo en lo desconocido.
Se teme a eso, más que a la muerte. Se teme a las puertas de la muerte. Se aborrecen. Como un asesino en serie, tomando ancianos o niños. Como un destripador. Un salvaje miembro de pandillas que es capaz de cocinar un cuerpo y hacer que lo devoren. Se teme al irrespeto a la muerte, a la vida.
El dilema de la muerte es entonces, un dilema moral. Se trata de cómo se aborda el fenómeno y de cuánto valor se le da a la vida. Viviendo en un país con dieciséis personas asesinadas a diario, eso nos dice cuánto se valora la vida. Acá se muere por nada. Así que en realidad el temor a la muerte violenta es el temor al otro, a su capacidad de hacer daño.
La muerte siempre es una primera cara de un temor profundo. Pero no hay nada más natural, es algo que va dentro, en este cuerpo de treinta y tres años que se degrada a cada respiración. Y a  mí lo que me gusta es quitar las máscaras.
Así que discutir acerca de la muerte es siempre hablar sobre la vida. Plantear una ética. Hoy pienso sobre ello, cuando he sido invitado por un colectivo de artistas plásticos a discutir sobre la obra, hoy 14 de noviembre,  una exposición acerca del tema, en la Alianza Francesa a las 7pm.
Una discusión estética desde la obra, que ya empieza a hurgar, a buscar la manera de despojar las máscaras y develar los miedos. Los artistas que exponen son:  Alvaro Sánchez, Mónica Nájera, Drossdot, Juan Pensamiento, Rudy Márquez, Alejandro Azurdia, Ovidio Cartagena, Soft, Juan José González, David Marin, Ugo Hernández, Manuel Regalado, Norma de León, César Pineda Moncrieff, Thomas Laroche-Joubert, Alejandro Marré.
Ya quiero saber qué temores íntimos terminan siendo reflejados en sus obras. 


Aquí todos los días es día de muertos. 
7 de noviembre 2012
19:00 hrs. 
Alianza francesa
5a. Calle 10-55 Zona 13 Finca La Aurora

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Las Marimbas del Infierno


Guatemala-México-Francia. 73 minutos. Julio Hernández Cordón. 2010

No tengo ningún empacho en señalar a Julio Hernández Cordón, como la punta de lanza del cine guatemalteco. Su obra, es un planeta en construcción. En ese mundo que gesta, las Marimbas del Infierno, son una declaración de resistencia que a ratos se viste de comedia y en ciertos picos, te suelta en caída libre hacia un abismo infranqueable.
Las Marimbas del Infierno aborda la historia de cuatro personajes: el Blacko, un médico metalero que vuela bajo después de la gloria del rock; don Alfonso Túnchez, un marimbista del mundo oculto del restaurante chino; el Chiquilin, un intermediador nato en el negocio de la calle; y la Ciudad, en la búsqueda de algo imposible: hacer sonar una marimba con un grupo metalero para burlar el hambre y la violencia.
Disfruto mucho, la habilidad de Hernández de impactar con la perfección estética de la toma. Las primeras escenas, muestran el motivo de la obra, una escapada de la violencia que amenaza a Alfonso, quien da testimonio del profundo arraigo  que sostiene a su instrumento, mientras viste una camisa del color de la pared de la habitación donde vive, como si fuera absorbido por el ambiente al punto en que la casa y él son ya uno mismo.
Aquí es donde insisto en que este cineasta logra incorporar el ambiente como un actor más, dialogando de maneras altamente estéticas con los personajes. Hay escenas donde los actores frente a las paredes parecen estar flotando en espacios infinitos multicolor. Esos son los continentes del planeta que se  gesta en la obra de Hernández, circundados por toda clase de océanos que ahogan y se dejan navegar por los personajes, como la desolación, la alegría y el fracaso.
Y quizá ese fracaso consista en aceptar sin cuestionarlo, que somos figuras estáticas incapaces de variar en una sola línea el papel que nos fue asignado. La unión del metal con la marimba es a todas luces una afrenta generacional, un choque imposible para la gente fanática de ambos géneros. Es casi poner a mi abuelo a escuchar a Pantera y esperar que lo disfrute, mientras se saca la placa y la pone en el vaso.
Lo que la película ofrece es la posibilidad de la unión como un sueño, casi de país, donde cada voz por disonante que parezca pueda entonar armónicamente con las otras. Y la estrategia de los personajes para alcanzar esa armonía se basa en reconocer sus propios talentos y su valentía, que a veces también es en parte un instinto de sobrevivencia ante una situación apremiante.Aunque en el fondo, todos saben que no ganarán más que esa discreta victoria de cumplir un sueño.
El Chiquilin, un personaje excelso, encierra  mucho del poder de la historia, porque es el mediador necesario para que ocurra lo imposible. Una mezcla de ángel de luz y ladronzuelo de esquina, es capaz de los picos de maldad y bondad con la misma inocencia, casi sin enterarse de los alcances morales de sus actos. El personaje vive en su propia ética, la de prevalecer ante la adversidad, guardando las cicatrices como premio.
Entiendo esta película como una afrenta contra la frustración de crear, con el mundo en tu contra y me parece una respuesta hermosa ante un acto violento, como si a Julio lo escupieran y de vuelta devolviera una tarde maravillosa de domingo donde se puede ser feliz y agónico; y a la vez jodidamente musical.
Quizá quiero quedarme aferrado a los dos cuerpos saltanto sobre una cama, como dos niños, como un pregón a la inocencia del amor. O a ese momento explosivo donde todos los personajes armonizan sus instrumentos y estalla una melodía de lo imposible, el Marimetal, como el único himno que me atrevería a entonar desde las entrañas, como si la patria alguna vez pudiese ser nuestra.

Distancia. Sergio Ramírez.




75min. HDV. Guatemala. 2011

Encuentro que Sergio Ramírez posee anticipadamente esa habilidad de narrador viejo, con maña. Logró una historia limpia y emotiva, con su Opera Prima cuando lo más fácil hubiera sido optar por los recovecos del cliché. Un padre que fue separado de su hija por la guerra y que veinte años después la reencuentra, a través de un camino que le toma cinco días Aquí se separa de lo obvio y da luces de su brillantez: El hombre, interpretado magistralmente por Carlos Escalante, lleva consigo el registro todo lo que ocurrió durante  la ausencia  en un cuaderno. Con él, la esperanza de recuperar lo perdido, como un miembro que vuelve a su cuerpo y que en ausencia duele. Las crónicas de ese cuaderno, son contadas con toda la honestidad e inocencia de un puño que a penas puede dibujar cada palabra,  a modo de bálsamo para curar las propias heridas y las de la hija, cuando le entregue el cuaderno. 
El tema de la paternidad parece circundar el cine guatemalteco como un registro subyacente. Este film, sostiene en este tema, un vaso comunicante con Polvo, de Julio Hernández, donde el mismo abismo es retratado desde la orilla contraria, a través del hijo del ausente. 
Aquí conviene señalar la fortaleza de Distancia, donde el tema de la separación, las diferencias étnicas, políticas, incluso la guerra, no son parte de un discurso fosilizado de reivindicación, sino de una reconstrucción, o más bien de una recuperación de lo perdido, como si se tratara de una imagen cercenada que intenta recuperar sus piezas para mostrar toda su belleza y estallar en luz, en la montañas donde sólo los pájaros violentan el espacio sonoro. 
Las tomas del paisaje abierto, de los gestos de Tomás Choc, cuyo silencio en algunos momentos es una dulce forma de resistencia, son pequeños tesoros que afloran en la película. Y aquí uno encuentra que esa distancia es salvada, junto al personaje, sin la actitud de condescendencia o buscando la lástima. Más  bien, lo que intentan es a punta de ternura, atravesar los muros que nos separan, como un Berlín absoluto que no cede, pero que tarde o temprano terminará fisurándose para dar paso a la vida, con la determinación de un hombre, dispuesto a recorrer el mundo por un caudal a contracorriente, con tal de hacer llegar su amor. 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Escribir sobre las cosas que te derrotan.

—Por mucha que sea la tentación, es mejor escribir sobre uno, sobre lo que sabes, que escribir sobre los otros. 
—Pero mi vida es demasiado fome. 
—Cuéntame por qué, entonces. Ahí está el verdadero drama. En las cosas que nos hacen sufrir.

Alberto Fuguet. Tinta Roja.